Umbral
Diciembre-Enero

UMBRAL

 

La obra de Pablo Genovés se centra, desde los primeros balbuceos de su trabajo, en la utilización de fotografías anónimas y postales antiguas, de finales del siglo XIX y principios del siglo XX, digitalizadas. A partir de ellas, desarrolla sus experiencias creativas con un denominador común, la presencia de arquitecturas enfáticas y lugares simbólicos, tales como iglesias, palacios, catedrales, bibliotecas o teatros, que cobran un aspecto distinto tras su intervención. Estas representaciones, a caballo entre lo analógico y lo digital, se manifiestan desbordadas por fenómenos naturales, cuyo posicionamiento crítico está relacionado con la explotación de los recursos y la huella de la actividad humana en la naturaleza, dejando al descubierto una serie de disturbios ecológicos, de importante impacto, que denuncian la situación que atravesamos en la actualidad. Este proceso narrativo reposa en el nuevo concepto del antropoceno, un término acuñado a principios del siglo XXI que se erige como uno de los aspectos definidores de nuestra sociedad. Los fotomontajes de Genovés advierten, a este respecto, desde la ficción lo que parece una realidad devastada, anegada, próxima a esta «Edad de los Humanos», a la decadencia de una cultura a través de la resignificación de los modelos de representación. Y, aunque, a vuelapluma, pueda parecer que existe cierto desconcierto o desorden en ese asedio, la precisión casi quirúrgica con la que conecta los distintos elementos acrecienta el punctum al que Barthes apuntaba.[1]

Las imágenes no son cuestionadas, la crítica se encuentra en el punto de vista que el artista confiere al nuevo discurso. La imagen del pasado se solapa con la del presente, intentando generar la representación de un futuro apocalíptico que, tal vez, ya esté aquí. Sus fotografías conjugan a la perfección realidad y ficción, materializando riesgos y catástrofes plausibles, donde la naturaleza se sobrepone a la dimensión humana. Paradójicamente, el espacio se desnaturaliza, la función primigenia de la construcción pierde su sentido original, aumentando, de este modo, la sensación de catástrofe. Con todo, en el estudio de estas fotografías, se puede determinar el valor crítico que asume la nueva imagen fotográfica que Genovés produce a partir de otras ya preexistentes, para poner de manifiesto la vulnerabilidad de aquello que en principio parece inofensivo y se muestra sin amenaza.

Estas escenografías disfuncionales entroncan con el Umheimlich freudiano, esa extrañeza familiar, una visión siniestra de algo que conocemos, pero que se vuelve incómoda, molesta e inhóspita. Así son las imágenes que propone Genovés, a priori sublimes, pero inquietantes y capaces de angustiar a quien las contempla, obras atemporales que revelan la esencia heterocrónica de su discurso.

El artista se ve impulsado a explorar la propia naturaleza desde parámetros conceptuales, no solo desde la mimesis o la mera representación de lo que advierte el ojo. Así, la intemperie, en sus propuestas, se traduce en un hábitat hostil pervertido por lo humano que se encamina hacia la distopía. A las inundaciones, nubes, humo, etc., elementos que encierran cierto lirismo, comienza a sumar otros menos sutiles como rocas, tierra y restos de la sociedad, enjuiciando, de una manera contundente, las estrategias del hombre para desenvolverse en el mundo.

En cualquier caso, sigue conjugando los dos ejes que vertebran su producción: la pulsión apropiacionista y la visión apocalíptica de un mundo construido artificialmente por el hombre. No se trata, en cualquier caso, de un discurso monocorde, sino de un posicionamiento inalterable y necesario para entender hacia donde nos dirigimos.

La búsqueda de estas claves determina la importancia de la identidad de nuestro mundo, para poder generar una metáfora sobre la colonización de una realidad en términos psicogeográficos. Frente a la certeza de las imágenes, es necesario hoy explorar la narración de lo invisible. Imágenes posibles que singularizan la transmisión de la experiencia que, como Benjamin apuntó, se ha ido perdiendo poco a poco en la modernidad.[2]

Aunque en apariencia, sus obras parecen una suerte de “futuros soñados”,[3] se transforman en la posibilidad de atajar caminos, de cercenar la visión desoladora de los lugares a los que nos dirigimos, de proyectar otros escenarios, de imaginar un nuevo contexto. Algo que apunta Remedios Zafra cuando señala: como herramienta política, la fantasía interpela y permite al sujeto especular sobre su devenir, sobre lo posible, tantear y experimentar con otras formas subjetivas capaces de crear contagio y cambiar identidades.[4] Genovés, en este sentido, se anticipa a lo que está por venir. Utiliza imágenes pasadas dando un paso adelantado al presente, nos narra un futuro en una sociedad que desde hace tiempo se quedó sin relato.[5] Una sociedad que fija, así, significados sin agotar todas las posibilidades, un escollo que no nos permite transitar porque se revela inconcluso. Y Umbral pretende completar ese semblante, acabar con la tiranía de lo epidérmico, hacernos conscientes del discurso. Por eso, el espectador tiene que actuar, asomarse a una mirilla donde la fotografía de un sol centelleante nos espera. En esa acción de mirar solo a través de ese pequeño agujero nos obliga a reflexionar sobre la imagen y lo que ella representa.

Las propuestas de Pablo Génoves son historias necesarias, vínculos del que observa con la afectividad de la naturaleza y, por extensión, con su propia identidad. Es la plasmación de la soledad y el fracaso de lo humano, pero también una especulación hacia la pulsión de superación que puede vencer el pronóstico.

 

Isabel Durante Asensio

[1] Roland Barthes, La cámara lúcida, Barcelona: Paidós, 1990.

[2] Walter Benjamin, El narrador, Santiago de Chile: Metales Pesados, 2008.

[3] Susan Buck-Morrs, Mundo soñado y catástrofe, Madrid: Visor, 2000.

[4] Remedios Zafra, El entusiasmo. Precariedad y trabajo creativo en la era digital, Barcelona: Anagrama, 2017, p. 111.

[5] Néstor García Canclini, La sociedad sin relato. Antropología y estética de la inminencia, Buenos Aires: Kartz Editores, 2010.

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