Todo es entonces.
noviembre 2015 - enero 2016

Et non pas aux yeux.

(Y no a los ojos)

Por Marcin Franciszek Rynkowski

La abstracción, no sin motivo, está considerada como una de las más importantes ideas del arte del siglo XX. Polifacética. Incoherente. Llena de paradojas. Incomprensible y amenazante por el enredado código genético de carácter teórico que se le asocia. El arte abstracto sigue constituyendo una alternativa a la realidad que nos rodea, más allá del “vacío amorfo”, como lo llamaría Sixten Ringbom. Una alternativa que, trata de superar sus propios límites y se interroga sobre sí misma, investigando en qué medida las obras pueden estar consideradas mapas, diagramas o los equivalentes visuales de sus principios de carácter espiritual.

Este tipo de vivisección sobre su propia naturaleza (pictórica) sin lugar a dudas se encuentra en cada una de la obras del artista José Luis Cremades (1979, Ibi, Alicante). Desde diferentes perspectivas, la podemos percibir como una suma de impulsos de trascendencia, huellas de las relaciones de fuerzas (in)visibles o las yuxtaposiciones de diferentes formas de aura. Cada una de ellas, en su conjunto y por separado, contiene un espectro muy amplio de estados emocionales a través de los que el artista invita a los espectadores a superar, emanciparse de la materia (incluso pictórica), con el fin de la liberación de las fuerzas del espíritu que nos habitan de acuerdo con los primeros manifiestos del arte abstracto. Tal y como apuntaba Jean Dubuffet, “el arte se dirige al espíritu y no a los ojos”, y los trabajos de José Luis Cremades encarnan precisamente esta idea del arte abstracto desde el principio de su trayectoria artística.

También hay que apuntar que en las últimas obras de Cremades, incluidas en la exposición Todo es entonces, podemos ver de forma más o menos (in)consciente la encarnación de la teoría de la forma pura en la pintura formulada al principio del siglo XX por el filósofo y pintor polaco Stanislaw Ignacy Witkiewicz. Según ésta, la principal vocación y el imperativo único del arte consiste en despertar el espíritu y provocar en el espectador un sentimiento metafísico. Sentimiento que posee la capacidad de revelar en el espectador la sensación de nuestra individualidad ante el mundo y la excepcionalidad de nuestra propia existencia ante una obra del arte.

Por eso, la muestra Todo es entonces hay que percibirla más bien como un espacio donde las obras del artista, ascéticas, abrumadoramente depuradas y llenas de silenciosos juegos, se manifiestan ante de nosotros como imanes pictóricos de diferentes grados de profundidad, sin límites y sin fronteras. Muestras de ideas destiladas en las que el artista sucesivamente va reduciendo la gama de colores. Su objetivo principal es centrar su atención artística en el estudio de la causalidad; en el que las relaciones entre la pincelada y el espacio del lienzo consiguen arrebatarnos por su carácter excesivamente sutil. Y lo único que exigen de nosotros es dedicarles tiempo para poder alcanzar ese sentimiento en el que todo es entonces y entonces, es todo. Parafraseando a Anais Nin, podemos entender esto como un método de levitación que nos separa de la esclavitud de la tierra.