Naves de Mnemósine
febrero-marzo

Hoja de sala

Nuestra manera de estar en el mundo es inseparable de las cosas que nos rodean. Podríamos decir incluso que nuestra relación con ellas define quiénes somos. A veces podemos elegir las cosas de las que nos rodeamos, otras, sin embargo, nos llegan manera inexorable. Como cuando tiene lugar una pérdida. Las cosas que nos llegan de este modo nos recuerdan de manera dolorosa un mundo que no existe, pero que, no obstante, sobrevive en ellas. Cada cosa es, de este modo, una suerte de cristal de tiempo que conserva un fragmento de un mundo singular y compartido. Naves de Mnemósine, el último proyecto de Ana Martínez, tiene su origen en una necesidad de reconciliación con una multitud de objetos familiares heredados, en la voluntad de preservar su memoria, pero también de proyectarla en el futuro.

Las cosas heredadas están necesariamente impregnadas de la gravedad del duelo. Con el fin de hacer más liviana esta carga, así como de transformarla en un valor propio, hace que tiempo que Ana Martínez comenzó a darse al juego y la libre asociación con ellas. Poco a poco, las cosas comenzaron a ordenarse siguiendo diferentes tipos de lógicas como, por ejemplo, la lógica personal derivada de la propia biografía, que asocia los elementos en función del recuerdo; la artística derivada del trabajo en el estudio, que establece relaciones a partir de la plasticidad y la potencia de la imaginación, o la lógica propia de los materiales como su tamaño o su resistencia. El resultado de este juego fue una serie de ensamblajes precarios y equilibrios imposibles, de montajes que parecen estar siempre a punto de deshacerse. Esta fragilidad de los ensamblajes refleja su propia condición, se trata de montajes de vínculos afectivos e historias personales, es decir, de una imagen de la memoria individual encarnada en una trama concreta de tiempos y espacios. Sin embargo, lo que se manifiesta de una memoria que no permanece anclada en el pasado, sino que da forma al presente y apunta hacia un tiempo por venir. De ahí que los montajes no formen altares, o al menos no solo, sino naves espaciales.

En el transcurso de los meses, los montajes que van apareciendo en el estudio comienzan a filtrarse a través de un estilo de dibujo próximo a las convenciones del realismo de las enciclopedias modernas, es decir, de una técnica que intenta, al mismo tiempo, comprender y apropiarse del objeto en su totalidad. De este modo, el propio lenguaje de las obras incluidas en esta exposición habla también de ese juego de tiempos que se entrecruzan, de ese pasado que vuelve para, desde el ahora, dirigirse a los desconocido. Los dibujos describen minuciosamente las formas y texturas de los ensamblajes, pero lo hacen sin virtuosismo; se trata, más bien, de registrar las cosas hasta el último detalle, es decir de crear un archivo. Este caso, un archivo del futuro o para el futuro.

En los dibujos los montajes de cosas se transforman en naves espaciales o se abren al infinito del espacio exterior. En una de las series, los ensamblajes se llenan de antenas, paneles y otros instrumentos propios de la exploración espacial, dibujados a la manera de ilustraciones científicas. En estas obras, las cosas abandonan su cotidianidad y aparecen como suspendidas en el espacio. Esta serie de piezas está acompañada por un conjunto de siluetas de naves recortadas en papel sobre un fondo cósmico de estrellas y nebulosas. Si en los dibujos las naves eran puestas en órbita, en los collages ya están de viaje por el universo, o incluso, son o contienen el propio cosmos.

La memoria se manifiesta a lo largo de la historia como recuerdo, mediante el vínculo con la historia personal, pero también como arte y técnica, como instrumento o prótesis para preservar información. En Naves de Mnemósine Ana Martínez entrelaza ambas concepciones y, de este modo, las lleva más lejos. En esta exposición, las cosas heredadas, cargadas de recuerdos personales, se convierten en máquinas cuyo objetivo es, no solo traer de vuelta el pasado, sino explorar lo desconocido. De este modo, las historias que almacenan y que ahora habitan en un nuevo mundo, en el presente renovado de la artista, viajan a través del tiempo a un futuro todavía por venir. Lo que demuestra Naves de Mnemósine es que la memoria no pertenece únicamente al pasado sino que, a través de la mediación del arte, se encamina siempre hacia el futuro.

 


Exhibition Sheet

Our way of being in the world is inseparable from the things that surround us. We could even say that our relationship with them defines who we are. Sometimes we can choose the things that we surround ourselves with, others, however, they come to us inexorably. Like when a loss takes place. Things that come to us in this way remind us, painfully, a world that no longer exists, but nonetheless survives in them. Everything is, in this way, a kind of crystal time that preserves a fragment of both singular and shared world. Spaceships of Mnemosyne, Ana Martínez’s latest project, has its origin in a need for reconciliation with a multitude of inherited family objects, longing to preserve their memory, but also to project it into the future.

These inherited things are necessarily impregnated with the gravity of the grief. In order to make this lighter charge, as well as transforming it into a value of its own, some time ago Ana Martínez began to play and associate with them. Little by little, things began to be ordered following different types of logics such as, for example, the personal logic derived from her own personal experience, which associates the elements based on the memory; the artistic derived from her own work in the art-studio, which establishes relationships based on plasticity and the power of imagination, or the logic of materials such as their size or strength. The result of this game was a series of assemblies precarious and impossible balances, of installations that seem to be always on the verge of being undone. This fragility of hookups reflects their own condition, it is about the attachments of affective bonds and personal stories, meaning, an image of individual memory embodied in a concrete pattern of times and spaces. However, what this memory manifests doesn’t remain anchored in the past, it shapes the present and points towards a time yet to come. Hence, the mounts do not deploy altars, or at least not only, but it shapes spaceships.

Over the months, the set-ups that appear in the studio begin to filter through a drawing style close to the realism conventions of modern encyclopedias, in other words, of a technique that attempts, at the same time, to understand and appropriate the object in its entirety. In this way, the very language of the artworks included within this exhibition also speaks of that inner game of times that intersect themselves, of that past that comes back, from the present, addressing the unknown. Drawings thoroughly describe the shapes and textures of the assemblies, but they do it without virtuosity; rather, it is about recording things down to the last detail, creating a file. This case, a file from the future or for the future.

In the drawings, the assemblages are transformed into spaceships or they open themselves to the infinity of outer space. In one of the series, the productions are filled with antennas, panels and other instruments typically associated with space exploration, drawn in the manner of scientific illustrations. In these artworks, items abandon their everyday life and appear suspended in space. This series of pieces is accompanied by a set of ships’ silhouettes cut out in paper on a cosmic background of stars and nebulae. If in these drawings the ships were put into orbit, in the collages they are already travelling through the universe, or even, they are or contain the cosmos itself.

Memory manifests itself throughout history as memories, through the link with personal history, but also as art and technique, as an instrument or prosthesis to preserve information. In Spaceships of Mnemosyne, Ana Martínez intertwines both conceptions and, in this way, takes them further. In this exhibition, things inherited, loaded of personal memories, they become machines whose objective is, not only to bring back the past but to explore the unknown. In this way, the stories that they store and that now inhabit a new world, in the renewed presence of the artist, they travel through time to a future yet to come. What Spaceships of Mnemosyne shows is that memory does not only belong to the past but, through the mediation of art, is always directed towards the future.

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