Había una piedra en el camino / Isaque Pinheiro
febrero-abril

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Había una piedra en medio del camino / Isaque Pinheiro

Texto por Jesús Alcaide

“No conocemos la inaudita cabeza, en que maduraron los ojos”. Así comenzaba Rilke el poema Torso de Apolo Arcaico, una écfrasis del Torso juvenil de Mileto expuesto en el Museo del Louvre. Se cuenta que Walter Benjamin se obsesionó con este poema cuando lo oyó de la boca de Ernst Buchor, profesor de arqueología clásica de la Universidad de Friburgo, que solía iniciar sus clases con la lectura de este poema, para después prorrumpir en discretas lágrimas.

Escribía Benjamin en Dirección única (1928) “Únicamente quien supiera contemplar su propio pasado como un producto de la coacción y la necesidad, sería capaz de sacarle para sí el mayor provecho en cualquier situación presente. Pues lo que uno ha vivido es, en el mejor de los casos, comparable a una bella estatua que hubiera perdido todos sus miembros al ser transportada y ya sólo ofreciera ahora el valioso bloque en el que uno mismo habrá de cincelar la imagen de su propio futuro”.

Seguimos preguntándole al mármol. ¿Podía la configuración de las piedras proporcionar a los hombres algún control sobre el calor de su carne?¿Podía incorporarse en la ciudad el poder para razonar?. Estas preguntas que realizaba Richard Sennet en el influyente texto “Carne y piedra”(1994), me asaltan al ver las últimas producciones de Isaque Pinheiro en las que la materialidad del mármol se ve atravesada por cuestiones que tienen que ver con el viaje, la movilidad, el transporte, a partir de la noción de un mapa que actúa muchas veces como trampantojo. El mapa como experiencia vital. El mapa como autorretrato. El mapa como incierto devenir.

En las piezas de Isaque  siempre hay algo que nos incita a estar entre. En un lugar intermedio. Entre varios tiempos. Varios espacios. En ese espacio de incertidumbre que no es otro que aquel en el que siempre tiene lugar la experiencia artística. “Nunca me olvidaré que en medio del camino /había una piedra, / había una piedra, había una piedra en medio del camino/ en medio del camino había una piedra” escribía Carlos Drummond de Andrade en un poema que me enviaba Isaque hace unos días.

Ahora miro sus mármoles plegados, las cajas transportables, la superficie de sus piezas como si a la piedra se le hubiera transferido la textura del plástico de embalaje y pienso en como su trabajo intenta desafiar el tiempo, instaurarse en un estar aquí y ahora, siempre entre, en ese intervalo en el que la vida sucede y el secreto acontece.

Recuerdo que una de las primeras piezas que conocí de Isaque fue un trozo de mármol en el que parecía inscrito parte de lo que podía ser un reloj. Estaba fragmentado, sólo podíamos ver una fracción de tiempo. El tiempo-ahora que decía Brea. El tiempo que acumulaba ese trozo de mármol y que ahora volvía para preguntarnos sobre nuestro propio tiempo. In ictu oculi. Como una vanitas que alerta sobre la fugacidad de la vida.

Hace unos días me llegaba al correo la última pieza de Isaque. Una puerta en el camino. Ese es el título escogido para una de las obras que presenta en esta exposición. Un lugar de paso. Un elemento que nos invita a ser traspasado. Una persiana entreabierta que induce a ir hacia otro lugar. Las coordenadas secretas están en el mapa. El equipaje encerrado en esas cajas. El viaje está por comenzar. Nunca me olvidaré que en medio del camino había una piedra.  Siempre recordaré que esa piedra tenía forma de ventana. El mármol sigue encerrando las respuestas. La imagen siempre surge por extracción. Preguntémosle al mármol una vez más .

Como escribía Clarice Lispector “más allá de la oreja existe un sonido, en el extremo de la mirada un aspecto, en las puntas de los dedos un objeto: es allí adonde voy. En la punta del lápiz el trazo. Donde expira un pensamiento hay una idea, en el último suspiro de alegría otra alegría, en la punta de la espada la magia: es allí adonde voy. En la punta del pie el salto. Parece la historia de alguien que fue y no volvió: es allí adonde voy”. Hacia aquel lugar encamino mis pasos. Y las piedras seguirán en medio del camino.

THERE WAS A STONE IN THE MIDDLE OF THE ROAD

SAQUE PINEHIRO

Text by Jesus Alcaide

“We do not know the unfathomable head in which the apples of the eyes ripened.” This is how Rilke opens his poem The Archaic Torso of Apollo, an ecphrasis  of the Torso of a Youth by Mileto on display at the Louvre Museum. Reportedly Walter Benjamin became obsessed with this poem when he first heard it being pronounced by Ernest Buchor, professor of Classical Archaeology at the University of Freiburg, who would start his classes reading a poem and then would discreetly burst into tears.

Benjamin wrote in One-way Street (1928) “Only he who can contemplate his own past as a product of coercion and need can use it to full advantage in every present situation. For what one has lived is at best comparable to a beautiful statue that has had all its limbs broken off in transit, and that now renders nothing but the precious block out of which the image of one’s future must be carved“

We continue to question the marble. Could the shaping of stones provide men some control over the heat of their flesh? Could the power of reason be built in the city? It is these questions raised by Richard Sennet in his influential work “Flesh and Stone” (1994) that assailed me when viewing Isaque Pinheiro’s latest productions. Here the materiality of the marble is penetrated by questions having to do with journey, mobility, transport, by way of a map that often acts as a trompe-l’oeil. The map as a vital experience. The map as a self-portrait. The map as an uncertain development.

Isaque’s pieces always incite us to be in between. In an intermediate place. Between several times. Several spaces. In this space of uncertainty where precisely the artistic experience always takes place. “I will never forget that in the middle of the road/there was a stone/there was a stone, there was a stone in the middle of the road/in the middle of the road there was a stone” Carlos Drummond de Andrade wrote in a poem that Isaque sent me some days ago.

I now look at his folded marbles, the transportable boxes, the surface of his pieces as though the plastic texture of the packaging had been transferred to the stone and I think about how his work seeks to defy time, to place itself in the here and now, always in between, in this interval where life comes about and the secret happens.

I remember that one of the works that I saw was a piece of marble with an inscription showing part of what could be a clock.  It was fragmented, we could only see a fraction of time. As in Brea’s time-now.  The time that this piece of marble accumulated and that now came back to ask us about our own time. In ictu oculi. Like a vanitas that alerts us of the fugacity of life.

Some days ago I received by post Isaque’s latest piece. A door in the road. It is the title of one of the works he presents in this exposition. A place in passing.  An element that invites us to be trespassed. A half-open blind that incites us to go towards another place. The secret coordinates are on the map. The luggage locked in the boxes. The journey is about to begin. I will never forget that in the middle of the road there was a stone. I will always remember that that stone had the shape of a window. The marble continues to lock in the answers. The image always emerges by extraction. Let us once more ask the marble.

As Clarice Lispector wrote “sound exists beyond the ear, the aspect at the very end of our gaze, an object at the tip of our fingers: that is where I go. The stroke at the tip of the pencil.  Where a thought expires there is an idea, in the last breath of joy another joy, at the tip of the sable, magic: that is where I go. At the tip of the foot, the jump.  It seems the story of someone who went away and did not return: that is where I go.” Towards that place I direct my steps. And the stones will continue in the middle of the road.