Escribir en blanco
febrero-marzo

Cuerpos y palabras son dos caras de la misma moneda, dos modos de enfrentarse
al mundo, y cuando digo mundo me refiero a las percepciones, sensaciones,
sentimientos y emociones que lo construyen. Y digo emociones en tanto que
situaciones o estados, en cierto modo inefables, que cada vez que intentamos
atrapar en la jaula de las palabras o en las acciones de los cuerpos –o de las
imágenes de las palabras y los cuerpos– terminan por desdibujarse hasta no
conseguir nunca verlas fielmente representadas.
Los cuerpos y las palabras navegan así en un punto intermedio, entre fragmentos
de una memoria en parte propia y en parte colectiva, y una subjetividad presente
que constantemente tratamos de verbalizar, como si eso sirviera para
explicar(nos) lo que sentimos, aquello que hacemos o lo que dejamos de hacer.
Y es en ese estado intermedio, a medio camino entre la experiencia del cuerpo y
el intento de racionalización de las palabras, donde se anudan las fuerzas que
componen nuestro universo particular, de manera que no es posible saber si
representan lo que sentimos o si por el contrario sentimos lo que los cuerpos y
las palabras ajenas representan para cada uno de nosotros.
Hay algo oscuro en esos retratos rescatados de Jean Genet, Mishima y Pasolini
como lo hay tras las pulcras e impecables superfices de las escrituras de Écrire
en blanc. Un fondo turbio que revuelve actos, cuerpos y palabras contaminando
cualquier representación tanto de sus vidas como de otras tantas posibles. Su
sola presencia activa por un instante sus cuerpos, sus pasados y sus memorias ,
pero también las nuestras. Son cuerpos cargados de experiencias y asociaciones,
cuerpos/contextos que anudan los diferentes estratos culturales, sociológicos y
biopolíticos en una mirada y en una pose, en un estar ahí. A través de sus
superficies accedemos a un abismo que confunde estos recuerdos encontrados
con los propios, las experiencias leídas con las vividas, los deseos oídos con los
sentidos. Quizás sea en esas superficies donde condense lo que no podemos
narrar, aquello que de muchas maneras son/somos pero que resulta imposible
terminar de precisar.
Cuerpos/Palabra parece situarnos en estos entresijos de la memoria y la
experiencia, entre las escrituras y los cuerpos –cuerpos que han sido escritos,
textos que han sido cuerpo–, para hacernos recorrer la escena mientras los
pensamientos resuenan como una voz en off. Y poco importa que los cuerpos
sean otros o que las palabras sean prestadas, porque terminamos volcando sobre
ellos los propios.

EPÍLOGO
Playa de cenizas es, desde su título, un relato corto donde convergen no una,
sino múltiples historias. Algo ardió, y de ese incendio tan sólo queda el
momento congelado de la mañana del dos de noviembre de 1975 en que se
encontró el cuerpo muerto de Pasolini. ¿Tan sólo? De nuevo, la superficie nos
presenta lo que no puede ser representado y condensa las reverberaciones de
unos hechos cuyo alcance termina por no pertencer a nadie en particular, y por
afectar, en cambio, a todo aquel que se asome a mirar y que se deje ensuciar por
la ceniza.
Recuperar la imagen es agrandar su ruido, propagar como un eco un sonido que
rebota en las paredes de lo que se vió y lo que se dijo para terminar haciendo
vibrar las nuestras. Es hacer de un pasado nuestro presente al rescatar lo que de
nosotros hay en esa escena. Playa de cenizas es el fin de una historia, pero
también puede que el punto de partida de otras, hace del principio un final para
demostrarnos que estos límites nunca fueron tan claros.
Madrid, febrero de 2013.
Roberto González García