El ruido blanco.
febrero-abril

El ruido blanco.

por Isabel Durante Asensio

La urgencia por reflexionar y asimilar los aspectos que definen la pintura es proporcional, de manera directa, a la dificultad de sortear los obstáculos que el ejercicio de esta práctica ha suscitado desde principios del siglo XX. La mayoría de los planteamientos acerca del asunto se han visto frustrados por complejos aspectos que enturbian esa activación de los parámetros analíticos. Pero dentro de esa enigmática circunstancia, encontramos a artistas que desde la autorreflexión pretenden dilucidar la esencia de la pintura. Este es el caso de Antonio González que propone en su trabajo, de enorme valor hipnótico, los marcadores precisos para redefinir la realidad a través, paradójicamente, de la representación de lo imposible, ampliando el universo casi como si de un plano detalle cinematográfico se tratara, de un fragmento, de una huella, de un vestigio, que le permite transgredir los límites convencionales, una de las premisas fundamentales de la pintura abstracta.

Esto le faculta para generar una visión íntima, al tiempo que experimenta con las formas, para al final encontrar soluciones, respuestas, en la superficie del lienzo y del papel. La pintura se revela como el espacio de pensamiento más perfecto de las inquietudes contemporáneas, capaz de desentrañar aquello que aún no ha sido revelado a través de la materialidad. Desde la parte pretende acceder al todo, a lo universal, sin fijar su discurso en un lugar concreto. Es más, desplaza la narración en un claro deseo de buscar en los márgenes, en los límites, en la periferia, en los rincones, en las gotas que se escapan de las formas, aquello que perdura oculto.

Su obra avanza casi como una obsesión. Provoca la incertidumbre de lo inusual. Traza la búsqueda de la pintura en si, empezando desde lo intuitivo para terminar en una doctrina eminentemente reflexiva.
Desmantela, de manera premeditada, la mirada. Atraviesa la cabeza del espectador.
Aunque formalmente son obras de gran sencillez, existe una propuesta de tensiones, con una sensibilida no objetual donde reafirma la abstracción como dinamo del mundo. Su trabajo transciende lo bidimensional gracias a la gestualidad de su trazo donde advertimos, pese a la economía del color, las diferentes caras del mundo. Todo ello nos permite avanzar, volver atrás, detenernos, y en algunos casos, abandonar el espacio aprendido de la cotidianidad, demorarnos en las superficies. Bajo esa sencillez que apuntábamos se presentan el abismo y la emoción. Su obra se revela también como una síntesis de referentes. Por un lado, de los volúmenes líricos del estadounidense Robert Motherwell, uno de los mayores exponentes del expresionismo abstracto, y su obra Elegías a la República Española (1965), donde como González apunta a una abstracción que busca las sombras. Por otro lado, está presente la tradición de la abstracción geométrica, sobre todo en el planteamiento de retículas que nos
remite, irremediablemente, al trabajo del holandés Piet Mondrian.

Lo mismo sucede en sus esculturas de cartón, donde permanece esa intención de desarrollo narrativo, de aproximación de la dimensión espacial y la temporal para poder descifrar, de este modo, el misterio que encierran las formas, pero, eso sí, sin desvelar por completo la amplitud simbólica de lo representado.
Antonio González adquiere en su trabajo un compromiso con el arte. Posiciona al artista como responsable de la puesta en evidencia de la acción, una acción que a veces es susurro y a veces grito, pero siempre el resultado minucioso de la exploración descarnada de lo que nos rodea.