Arco ’11
febrero

 

ART NUEVE. PROYECTO ARCO 2011

Maneras de habitar mundos 

En los dos últimos años, los proyectos de la Galería Art Nueve han girado en torno a la idea de lo invisible y lo enigmático. Las propuestas presentadas han trabajado a partir de la crítica a la hegemonía de la visión en la sociedad moderna y de la valoración de lo siniestro y lo inquietante. Continuando por esta vía de sutileza visual y tensión poética de las imágenes, que progresivamente se va convirtiendo en una de las apuestas esenciales de la galería, el proyecto que se presenta para ARCO 2011 gira alrededor de uno de los problemas centrales de la creación contemporánea: la relación del sujeto con su entorno, o lo que es lo mismo, las maneras y formas de habitar el mundo.

Los artistas que presentamos en esta ocasión (Gonzalo Puch, Sae y Alejandra Freymann), desde orígenes, generaciones y poéticas diferentes, confluyen en una reflexión sobre los modos de habitación del entorno a través de estrategias de desfamiliarización, extrañamiento y puesta en cuestión de lo cotidiano, proponiendo diversas estrategias para habitar el mundo, todas ellas basadas en la necesidad de recartografiar los espacios y las relaciones entre el sujeto y lo que le rodea.

En este sentido, Gonzalo Puch trabaja con objetos, espacios y situaciones que alteran nuestra experiencia del espacio cotidiano. Algo común a la mayoría de las fotografías de Gonzalo Puch es la introducción de  un orden diferente al orden real. Quizá la expresión que mejor calificaría a estas imágenes es aquella que utilizamos cuando queremos comenzar a decir algo que no tiene que ver exactamente con lo que estamos hablando: “en otro orden de cosas…”. Y es que las imágenes de Puch se encuentran precisamente “en otro orden de cosas”. Un orden que no tiene que ver con las lógicas racionales de la clasificación, pero tampoco con la aleatoriedad absoluta, sino más bien con los procesos subjetivos de ordenación y apropiación del mundo. Una nueva relación del sujeto con el mundo y del mundo consigo mismo. La relación entre lo exterior y lo interior, entre lo privado y lo público también es central para este artista.

Puch consigue crear una inestabilidad en el observador, una “in-quietud”, es decir, un movimiento. Un movimiento interior que también tiene que ver con la sensación de familiaridad extraña que poseen los objetos y los espacios. Espacios y objetos que son “siniestros” en el sentido freudiano del término, y que nos producen la sensación de que algo de lo que está frente a nuestros ojos se encuentra en el lugar equivocado. Siempre vemos algo que no debería estar ahí, al menos en el modo en el que está.

Ese sentido de lo familiar extraño se transforma en algo así como un unheimlich doméstico en el trabajo de Sae, donde los objetos encontrados toman vida y se convierten en mundos habitables. La artista reaprovecha objetos cargados de memoria, preñados de presencia, y modifica su relación con el entorno, convirtiéndolos en lugares animados, transformando lo inerte en naturaleza, rompiendo las fronteras entre lo móvil y lo fijo, entre lo estable y lo mutable. Esta reconversión de los objetos se produce a través de una incursión en lo onírico que nos lleva a la herencia del surrealismo presente en artistas como Doris Salcedo, si bien su propuesta está teñida de una suerte de “ingenuismo cruel” que se podría situar en el universo no demasiado distante del goticismo melancólico de un Tim Burton. A través de esta poética, Sae presenta una serie de objetos que están dotados de un aura cuya fuerza interior en ocasiones se presenta literalmente a través de espacios y rincones ocultos que se escapan de la mirada. Ese mundo animado supone para la artista un lugar alternativo, una tierra que se pretende habitar de un modo otro.

Como ha mostrado Nicolas Bourriaud, el artista contemporáneo se ha dado cuenta que ya no es posible la creación ex nihilo, sino que hay que re-crear, jugar con las cosas que ya están dadas de antemano. La única posibilidad para la libertad del individuo está en reinventar su relación con las cosas y proponer alternativas a los usos prefijados de los objetos. Alternativas absurdas, aberrantes y sinsentido, pero que, en ocasiones, pueden convertirse en estrategias políticas de resistencia. Se trata de tomar conciencia del espacio que nos rodea, y para eso es necesario desnaturalizar todos el orden de las cosas. Ése es el sentido último que podríamos encontrar en las piezas de Sae.

El trabajo con lo onírico, con el imaginario surrealista, es algo que también está presente en la obra de Alejandra Freymann, cuyas situaciones inquietantes nos conducen al universo de David Lynch en el que los espacios pierden sus límites y el sujeto, habituado a estar circunscrito y “sujetado” por un espacio que domina, pierde pie y queda expuesto a los peligros de lo Real. Esa sensación de peligro, de inestabilidad, de un sujeto que busca constantemente el anclaje con lo que le rodea hace que la pintura de Freymann produzca en el espectador una sensación perturbadora, delicada y sutil, casi imperceptible, que conmueve pero que se aleja del espanto y el terror. Sus grandes superficies cromáticas envuelven a los pequeños personajes como una materia oscura, amenazan con llevárselos al abismo, sin embargo, por alguna razón misteriosa, los personajes se mantienen allí, suspendidos, haciéndose fuertes ante ese mundo hostil.

Como ha sugerido Oscar Alonso Molina “la fragilidad de las imágenes de Freymann está sostenida por una fuerza inamovible, articulada con una tensión y una determinación inquietantes, perturbadoras en manos de alguien tan joven como ella (…) Las escenas de Freymann dejan su significado en suspenso en el momento de ser abordadas por el espectador, quien interrumpe al llegar y plantarse frente a ellas ese fatigoso, onírico e intranquilizador trajín de sus imágenes. Pese a todo, un especial dispositivo, muy cuidado por la autora, las lleva a detenerse siempre en el momento pregnante que aventura lo por venir en igual medida a como explica lo sucedido.”

En resumen, las tres propuestas presentadas, a través de una incursión en el mundo de los sueños y de lo posible, articulan modos de relación, ponen en juego maneras de habitar, cuestionando el mundo real y tangible y proponiendo espacios alternativos o maneras diferentes de lidiar con los espacios, para habitarlos de un modo “otro”, subjetivo, crítico, reflexivo, pero también intuitivo, emotivo y poético. O lo que es lo mismo, y recuperando la célebre reflexión de Heidegger, en un mundo dominado por la técnica, el capital y la mercantilización y maquinización de la vida, la única resistencia posible para el sujeto es buscar maneras de “habitar poéticamente el mundo”.