Arco ’13
febrero

ART NUEVE – ARCO 2013

Micrologías

Como en las ediciones anteriores de ARCO, la galería Art Nueve propone un proyecto que gira en torno a una serie de cuestiones comunes. En sus últimas participaciones, los artistas de la galería han reflexionado acerca de las maneras alternativas de habitar mundos, la sutileza, lo invisible o lo enigmático, cuestiones todas que presentan modos de resistencia ante el espectáculo. Esta es la línea de trabajo por la que ha optado la galería Art Nueve desde sus inicios, y que ha ido poco a poco consolidando en los últimos años, mostrando cada vez más interés en propuestas artísticas que apuesten por lo sutil, leve y lo minúsculo.

En esta ocasión, los trabajos de los artistas presentados, cada uno desde su medio y su poética particular, giran en torno a las micropercepciones y a la experiencia estética de la levedad. Tanto a través de la fotografía (Gonzalo Puch), como de la pintura (Prudencio Irazábal o Alejandra Freymann) o de la escultura (Juan Asensio), la instalación (Saelia Aparicio) y del trabajo con los espacios (Julia Calvo), los artistas presentados por Art Nueve proponen una suerte de estética de lo minúsculo, una especie de micrología que aparece tanto en sentido literal por medio de las figuras mínimas de Freymann, Sae o Puch, como de las casi invisibles variaciones de la percepción en el caso de Juan Asensio o Prudencio Irazábal, o de las intervenciones sutiles en el espacio de Julia Calvo. En todos los casos, el espectador necesita un tiempo especial para afrontar este arte íntimo y cercano que, sin embargo, lejos de ser fácil y complaciente, produce una inquietud y una perturbación perceptiva que altera la experiencia cotidiana.

Esto es lo que ocurre en la obra de Gonzalo Puch, cuyas fotografías presentan situaciones extrañas, pequeñas naturalezas en equilibrio inestable, a punto de la catástrofe. Una catástrofe que está a medio camino entre lo romántico y lo doméstico. En este sentido, Gonzalo Puch trabaja con objetos, espacios y situaciones que alteran nuestra experiencia del espacio cotidiano. Y es que las imágenes de Puch se encuentran precisamente “en otro orden de cosas”. Un orden que no tiene que ver con las lógicas racionales de la clasificación, pero tampoco con la aleatoriedad absoluta, sino más bien con los procesos subjetivos de ordenación y apropiación del mundo. Una nueva relación del sujeto con el mundo y del mundo consigo mismo. Decía Robert Morris que la forma simple es capaz de producir la experiencia más compleja. Lo mismo ocurre con estas obras, que a través de lo mínimo, de los detalles sutiles, presentan tensiones e inestabilidades que movilizan al espectador con la misma intensidad –o más– que si se tratase de grandes catástrofes. Una catarsis micrológica.

Esta transformación a través de la experiencia de la levedad y lo sutil está presente también en la obra de Prudencio Irazábal, cuya obra pictórica, a través de una abstracción cromática en la tradición de la pintura moderna reflexiona sobre la luz, el color y la percepción localizada. Dicha reflexión se caracteriza especialmente por un proceso de ocultación y veladura de las diferentes superficies pictóricas, pero también por la presencia de lo brumoso y el desenfoque, que acontecen como una resistencia a la visión fija y estable de los regímenes de visión hegemónicos. Frente a esa estaticidad de lo limitado y lo claro, Irazábal propone una movilización del espectador a través de la i-limitación de los estratos cromáticos. Un uso de lo brumoso y lo difuminado, pero también del destello y el brillo, que caminan hacia una poética en torno al deslumbramiento. Un deslumbramiento sutil, mínimo, leve que se encuentra en el ámbito esas micropercepciones que, sin embargo, provocan experiencias de gran calado en el espectador.

Es lo que ocurre con las intervenciones de Julia Calvo, que a través de unas mínimas alteraciones en el espacio lo transforma por completo. La grieta por la que emerge la luz y que introduce una nueva profundidad, las pequeñas elevaciones del suelo, la sugerencia de un espacio más allá, desbordan la espacialidad física e introducen en el lugar una dimensión psicológica y afectiva que complejiza la relación del espectador con el entorno. En cierto modo es como si se dotase al espacio de cualidades y significados de los que carecía, o que estaban ahí y que no eran evidentes para nuestra mirada. Y ese mismo sentido de alterar lo conocido y convertirlo en extraño –y así dotarlo de una nueva intensidad– lo encontramos también en sus pinturas, que rebajan y trastocan los tonos para proporcionar una experiencia cromática particular a medio camino entre lo material y lo atmosférico

Esos pequeños movimientos de la materia los encontramos, por supuesto, en la obra escultórica de Juan Asensio. Allí observamos la temporalidad de la percepción, el reflejo, la tersura y la tactilidad de la obra. Sus formas abstractas son siempre imposibles de percibir como formas estables. Rompen los esquemas mentales a través de los cuales adecuamos el conocimiento a la experiencia.  Sus superficies pulidas y resbaladizas hacen imposible cualquier visión estable de las obras, que parecen escaparse constantemente. Esa ruptura de lo inalterable a través de las superficies que casi parecen evanescentes y móviles, pero que sin embargo son sólidas y contundentes, requiere, por supuesto, una sutileza y una laboriosidad difíciles de lograr. Atención, cuidado, trabajo minucioso y delicado. Sutileza y elegancia. Y un trabajo con el espacio que mantiene con el espectador una relación paradójica y contradictoria, un desajuste imposible de salvar que hace que uno pretenda una y otra vez entrar en el ámbito de la obra, pero que jamás consiga llevársela de su territorio. De nuevo, lo mínimo actúa como una barrera infranqueable. Hay algo en la imagen que no podemos apresar, algo minúsculo, leve, casi imperceptible, pero al mismo tiempo fuerte, ineludible, imposible de delimitar.

El mundo micrológico aparece de modo especial en la obra pictórica de Alejandra Freymann, cuyos cuadros cuentan pequeñas historias sutiles, mínimas, a veces imperceptibles, que sin embargo están cargadas de significado y sentido. Historias perturbadoras y dramáticas, en el ámbito de lo onírico y lo mágico, que, a pesar de su aparente pequeñez, condensan tiempos y espacios psíquicos y dan cuerpo a grandes e inquietantes dramas. Como si se tratase de microrrelatos, la pintura de Freymann presenta la frase justa y precisa, en la que nada falta y nada sobra. La historia reducida a sus mínimos elementos narrativos, con una apertura hacia el espectador, que tiene que completar las historias o darles un sentido, proyectando su imaginario e intercediendo con lo planteado en el cuadro, estableciendo una relación empática con lo pintado para la que, desde luego, es necesaria la atención y la demora. Sus grandes superficies cromáticas envuelven a los pequeños personajes como una materia oscura, amenazan con llevárselos al abismo, sin embargo, por alguna razón misteriosa, los personajes se mantienen allí, suspendidos, haciéndose fuertes ante ese mundo hostil. Se trata de historias inquietantes, donde la figura, el elemento reconocible que activa la posibilidad de la narración, ocupa siempre un lugar pequeño en el espacio, lo cual no quiere decir que su potencia significativa lo sea.

La minimización del lugar central que activa las historias es también una de las constantes de la obra de Saelia Aparicio, tanto en sus dibujos como en sus esculturas e instalaciones. Un mundo mínimo, microscópico en ocasiones, que, sin embargo, se encuentra repleto de emociones y narraciones de la afectividad. Narraciones que se adentran en la intimidad, que buscan el aislamiento literal creando cavidades y espacios interiores que ejercen como lugares de protección. Esta concentración en la interioridad, en las grietas del cuerpo o del territorio, refleja también un trabajo con la espacialidad de la psique y con la percepción atenta. Igual que en Étant donnés Marcel Duchamp requería la presencia de un observador-voyeur, la obra de Sae promueve una mirada curiosa, detenida, que tenga que frenar su ritmo cotidiano de percepción para fijarse con demora en lo que tiene ante sus ojos. Porque allí se muestra un mundo que podría escapársenos para siempre si no sabemos cómo mirar. La obra de Sae, de este modo, es también una reflexión sobre la visión, sobre la necesidad de encontrar lugares para mirar de otro modo, para pensar de otro modo, para habitar el mundo más allá de las grandes transformaciones.

En la estela del arte portátil de Duchamp, pero también de su sentido de la levedad, lo atmosférico y lo imposible de delimitar, las obras de los artistas de Art Nueve presentan al final resistencias a un mundo regido por el gigantismo y la saturación de la percepción, que se impone al espectador negándole cualquier soberanía y anulándolo como sujeto. Frente a dicho mundo, las obras de estos artistas proponen modalidades de experiencia activa, inteligente, meditada y, sin embargo, sensible; experiencias que promueven un espectador emancipado, un sujeto consciente del lugar que ocupa y, en consecuencia, capaz de transformar la realidad que habita.

En el caso de la obra de Javier Pividal la sutileza es una constante. Sus dibujos, vídeos y fotografías siempre han estado presididos por el trabajo minucioso tanto práctico como teórico. En su obra reciente, caracterizada por el trabajo con el texto a modo de recorte sobre el papel, lo sutil se encuentra en la delicadeza del trabajo artesanal, pero también en la complejidad y no evidencia de las reflexiones propuestas, que en este caso tienen que ver con la corporalidad del texto y la puesta en cuestión de las fronteras entre texto e imagen. Partiendo de algunas nociones de Jean-Luc Nancy y Roland Barthes acerca de la corporalidad de la escritura, este artista reflexiona en torno a la consecución de una escritura en la imagen y en el cuerpo que emerge a través de lo sustractivo, del corte o de la incisión. El texto como herida en la imagen, como erosión corporal. El negativo, la huella, la ausencia es la que, paradójicamente, oferta la posibilidad de sentido al mismo tiempo que lo aleja llevándolo a otro lugar. Este juego de espejos y de significados hace que obra de Pividal necesite un tiempo de lectura, un tiempo de demora para hacerse cargo del modo en el que el recorte –del texto, del cuerpo o del texto-cuerpo– adquiere o pierde significado. Igual que ante un texto, ante esta obra el espectador ha de demorarse, pero no buscando una linealidad o una narrativa establecida, sino experimentarlo como si se tratase de eso que Barthes llamó un “texto de placer”, un texto cuya experiencia de lectura está más allá del mero contenido y se halla más bien en la sugerencia y en lo evocador.

Por último, entramos en la obra de Pablo Genovés, cuya fotografía se encuentra, por supuesto, en ámbito de lo sutil. Una sutileza a la que se llega, no a través de la minimalización y la reducción, sino a través del detalle y el trabajo con la sutura de elementos que pertenecen a contextos diferentes. Pero sobre todo, la sutileza se encuentra en el modo de articulación de espacios y tiempos diferentes que hacen efectiva la presencia de lo que Hal Foster ha llamado “lo incongruente”, la puesta en cuestión de lo esperado. Las fotografías de Pablo Genovés presentan situaciones, momentos, escenarios imprevisibles, inesperados, escenarios apocalípticos, pero también imágenes sublimes del desastre. Espacios y situaciones espectrales de un futuro por llegar. Pero un futuro que, curiosamente, se muestra como un “futuro anterior”, como si se tratase de una arqueología, un mundo soñado por el pasado. Se produce, de este modo, un cruce de tiempos que despista e inquieta al espectador. Pasado, presente y futuro colisionan y se solapan para dar como resultado una imagen ruinosa del futuro. Espacios diferentes y tiempos diferentes. Realidades, en todo caso, que colisionan y que provocan en el espectador una sensación de inquietud. Una sensación derivada de la pregunta que uno no cesa de hacerse ante esas imágenes. ¿Qué ha ocurrido? ¿Cómo dar sentido a lo que hay frente a nuestros ojos? Sin duda, el sentido y el significado se nos escapan. Nadie sabe el por qué de las imágenes, por lo que puede decirse que las obras ponen en escena una lógica del enigma y el misterio.

En todos los casos, nada es evidente. Algo que tienen en común los trabajos de todos los artistas presentados en esta ocasión es la necesidad de atención y demora en la obra. No es posible, de ninguna manera, acercarse a esta obra a través del vistazo y la mirada rápida. Esto es una resistencia ante los regímenes espectaculares de tiempo de la hipervelocidad que imponen una mirada de superficie que trabaja casi como el lector del código de barras. Frente a ese tiempo rápido, en estos trabajos, el espectador necesita una demora. Todos ellos están llenos de detalles, de complejidades que hacen que cada obra sea un mundo habitable y complejo que es necesario leer. En la era del déficit de atención, los artistas de esta galería reclaman la serenidad de contemplación, reclaman el tiempo lento tanto del disfrute y experiencia de la mirada como de la complejidad intelectual y conceptual.