Arco ’12
febrero

Sutilezas

Miguel Ángel Hernández

Los años anteriores, en el marco de ARCO40, la galería Art Nueve ha presentado una
serie de proyectos que trabajaban sobre conceptos centrales de la práctica artística
contemporánea emplazados en la obra de artistas relevantes. Lo enigmático, las
resistencias a la hegemonía de lo visual, los modos alternativos de habitar el mundo
contemporáneo… en todos los casos siempre se han propuesto trabajos en coherencia
con la línea de reflexión de la galería, presidida por la atención a poéticas que, en un
momento en el que arte se está convirtiendo en puro espectáculo, se decanta hacia
prácticas serenas, equilibradas y elegantes, que se presentan como alternativas a los
regímenes de ruido y saturación del mundo contemporáneo.
En esta ocasión, esas líneas se concretan en un serie de trabajos que transitan, de un
modo u otro, sobre lo que podríamos llamar “lo sutil”. Un concepto éste que se
relaciona con la minuciosidad, el detallismo, pero sobre todo con la demora y la
atención tanto en la producción como en la recepción. Sutileza en la práctica, pero
también en el resultado. Una sutileza relacionada con la idea heideggeriana de sorge
(cuidado), en tanto que responsabilidad y compromiso con el arte y su significado. Ese
sentido de la sutileza se encuentra tanto en el hacer como en el pensar, en los modos de
realizar la obra (con una laboriosidad y un trabajo detenido) como en los modos de
pensarla y concebirla. Sutileza de producción, pero también en la reflexión, en el trabajo
con un sentido no evidente de las cosas. Y es aquí, en el rechazo de lo evidente, donde
lo sutil, en un tiempo presidido por la obscenidad –es decir, por la visibilidad absoluta
del mundo– se convierte más que nunca en una práctica de resistencia.
Los artistas presentados a esta edición de ARCO (Alejandra Freymann, Prudencio
Irazábal, Juan Asensio, Javier Pividal y Pablo Genovés), desde la pintura, la escultura,
el dibujo o la fotografía proponen trabajos que, a través de la sutileza, reflexionan sobre
aspectos centrales de la condición humana, como lo perturbador, el cuerpo, el lenguaje,
la experiencia perceptiva o la presencia del desastre y la ruptura de la linealidad del
tiempo. Cuestiones claves del arte contemporáneo que, como decimos, son elaboradas
con una sutileza en la producción y en la concepción de la obra que pretende situarse a
la contra de los regímenes hegemónicos de experiencia visual y cognitiva.
En el caso de Alejandra Freymann, la sutileza se advierte –aparte, por supuesto, del
trabajo detenido y detallista– en el modo de articulación de las historias y los
significados de su pintura. Pequeñas historias sutiles, mínimas, a veces imperceptibles,
que sin embargo están cargadas de significado y sentido. Historias perturbadoras y
dramáticas, en el ámbito de lo onírico y lo mágico, que, a pesar de su aparente pequeñez,
condensan tiempos y espacios psíquicos y dan cuerpo a grandes e inquietantes dramas.
Como si se tratase de microrrelatos, la pintura de Freymann presenta la frase justa y
precisa, en la que nada falta y nada sobra. La historia reducida a sus mínimos elementos
narrativos, con una apertura hacia el espectador –precisamente por esa falta de
evidenciación antes mencionada–, que tiene que completar las historias o darles un
sentido, proyectando su imaginario e intercediendo con lo planteado en el cuadro,
estableciendo una relación empática con lo pintado para la que, desde luego, es
necesaria la atención y la demora.
Esa misma atención y demora que es necesaria en la experiencia estética y perceptiva
que propone la obra de Prudencio Irazábal. Una obra pictórica que, a través de una
abstracción cromática inserta en la tradición de la pintura moderna, pero consciente de
su evolución contemporánea, reflexiona sobre la luz, el color y la percepción localizada.
Dicha reflexión se caracteriza especialmente por un proceso de ocultación y veladura de
las diferentes superficies pictóricas, pero también por la presencia de lo brumoso y el
desenfoque, que acontecen como una resistencia a la visión fija y estable de los
regímenes de visión hegemónicos. Frente a esa estaticidad de lo limitado y lo claro,
Irazábal propone una movilización del espectador a través de la i-limitación de los
estratos cromáticos. Un uso de lo brumoso y lo difuminado, pero también del destello y
el brillo, que caminan hacia una poética en torno al deslumbramiento, al toque de luz y
al destello. Y todo lo que esto conlleva. El destello, que mancha la imagen, que la
convierte precisamente en imagen y cuestiona su transparencia. El destello, que
introduce una temporalidad en la imagen. Un punto de luz transitorio que lo moviliza
todo, pero que también nos hace consciente de nuestra posición ante la obra.
La temporalidad de la percepción, el reflejo, la tersura y la tactilidad de la obra aparecen
también, en cierto modo, en las piezas escultóricas de Juan Asensio. Sus formas
abstractas son siempre imposibles de percibir como formas estables. Rompen los
esquemas mentales a través de los cuales adecuamos el conocimiento a la experiencia.
Sus superficies pulidas y resbaladizas hacen imposible cualquier visión estable de las
obras, que parecen escaparse constantemente. Esa ruptura de lo inalterable a través de
las superficies que casi parecen evanescentes y móviles, pero que sin embargo son
sólidas y contundentes, requiere, por supuesto, una sutileza y una laboriosidad difíciles
de lograr. Atención, cuidado, trabajo minucioso y delicado. Sutileza y elegancia.
Formas surreales que recuerdan a los objetos de Giacometti o incluso a las
imaginaciones de Tanguy, formas que no tienen su correspondencia en el mundo real y
que están más cerca de la topología que de la topografía. Espacios y transiciones que
son casi imposibles de representar. Y que, precisamente por eso, parecen escapar
constantemente a la espacialidad en la que se sitúan. Una torsión espacial que mantiene
con el espectador una relación paradójica y contradictoria, un desajuste imposible de
salvar que hace que uno pretenda una y otra vez entrar en el ámbito de la obra, pero que
jamás consiga llevársela de su territorio.
En el caso de la obra de Javier Pividal la sutileza es una constante. Sus dibujos, vídeos y
fotografías siempre han estado presididos por el trabajo minucioso tanto práctico como
teórico. En su obra reciente, caracterizada por el trabajo con el texto a modo de recorte
sobre el papel, lo sutil se encuentra en la delicadeza del trabajo artesanal, pero también
en la complejidad y no evidencia de las reflexiones propuestas, que en este caso tienen
que ver con la corporalidad del texto y la puesta en cuestión de las fronteras entre texto
e imagen. Partiendo de algunas nociones de Jean-Luc Nancy y Roland Barthes acerca
de la corporalidad de la escritura, este artista reflexiona en torno a la consecución de
una escritura en la imagen y en el cuerpo que emerge a través de lo sustractivo, del corte
o de la incisión. El texto como herida en la imagen, como erosión corporal. El negativo,
la huella, la ausencia es la que, paradójicamente, oferta la posibilidad de sentido al
mismo tiempo que lo aleja llevándolo a otro lugar. Este juego de espejos y de
significados hace que obra de Pividal necesite un tiempo de lectura, un tiempo de
demora para hacerse cargo del modo en el que el recorte –del texto, del cuerpo o del
texto-cuerpo– adquiere o pierde significado. Igual que ante un texto, ante esta obra el
espectador ha de demorarse, pero no buscando una linealidad o una narrativa
establecida, sino experimentarlo como si se tratase de eso que Barthes llamó un “texto
de placer”, un texto cuya experiencia de lectura está más allá del mero contenido y se
halla más bien en la sugerencia y en lo evocador.
Por último, entramos en la obra de Pablo Genovés, cuya fotografía se encuentra, por
supuesto, en ámbito de lo sutil. Una sutileza a la que se llega, no a través de la
minimalización y la reducción, sino a través del detalle y el trabajo con la sutura de
elementos que pertenecen a contextos diferentes. Pero sobre todo, la sutileza se
encuentra en el modo de articulación de espacios y tiempos diferentes que hacen
efectiva la presencia de lo que Hal Foster ha llamado “lo incongruente”, la puesta en
cuestión de lo esperado. Las fotografías de Pablo Genovés presentan situaciones,
momentos, escenarios imprevisibles, inesperados, escenarios apocalípticos, pero
también imágenes sublimes del desastre. Espacios y situaciones espectrales de un futuro
por llegar. Pero un futuro que, curiosamente, se muestra como un “futuro anterior”,
como si se tratase de una arqueología, un mundo soñado por el pasado. Se produce, de
este modo, un cruce de tiempos que despista e inquieta al espectador. Pasado, presente y
futuro colisionan y se solapan para dar como resultado una imagen ruinosa del futuro.
Espacios diferentes y tiempos diferentes. Realidades, en todo caso, que colisionan y que
provocan en el espectador una sensación de inquietud. Una sensación derivada de la
pregunta que uno no cesa de hacerse ante esas imágenes. ¿Qué ha ocurrido? ¿Cómo dar
sentido a lo que hay frente a nuestros ojos? Sin duda, el sentido y el significado se nos
escapan. Nadie sabe el por qué de las imágenes, por lo que puede decirse que las obras
ponen en escena una lógica del enigma y el misterio.
En todos los casos, nada es evidente. Algo que tienen en común los trabajos de todos los
artistas presentados en esta ocasión es la necesidad de atención y demora en la obra. No
es posible, de ninguna manera, acercarse a esta obra a través del vistazo y la mirada
rápida. Esto es una resistencia ante los regímenes espectaculares de tiempo de la
hipervelocidad que imponen una mirada de superficie que trabaja casi como el lector del
código de barras. Frente a ese tiempo rápido, en estos trabajos, el espectador necesita
una demora. Todos ellos están llenos de detalles, de complejidades que hacen que cada
obra sea un mundo habitable y complejo que es necesario leer. En la era del déficit de
atención, los artistas de esta galería reclaman la serenidad de contemplación, reclaman
el tiempo lento tanto del disfrute y experiencia de la mirada como de la complejidad
intelectual y conceptual.