Arco ’10
febrero

Lo Enigmático

Miguel Ángel Hernández

La propuesta de los artistas presentes en la galería Art Nueve avanza un paso más en
la línea de reflexión crítica sobre el estatus de la imagen contemporánea iniciada en
proyecto presentado el pasado año. Si en aquel caso se trabajaba sobre la insuficiencia
de la mirada, en esta ocasión los artistas articulan su discurso en torno a la cuestión
de la opacidad y lo enigmático como resistencia ante la transparencia y la superficialidad
de la imagen mediática.
En el caso de Pablo Genovés, el enigma se relaciona con el ámbito del significado. El
espectador se enfrenta a una serie de espacios espectrales y oníricos cuyo sentido se
le escapa. Espacios que parecen hablarnos de un futuro incierto y catastrófico en el
que se ha producido el fin de la civilización. Imágenes que traen a la mente escenas
de ese mundo sumergido narrado por James G. Ballard. Un futuro imaginado. Pero
un futuro que, curiosamente, se muestra como un “futuro anterior”, como si se tratase
de una arqueología, un mundo soñado por el pasado. Se produce, de este modo, un
cruce de tiempos que despista e inquieta al espectador. Pasado, presente y futuro
colisionan y se solapan para dar como resultado una imagen ruinosa del futuro, una
suerte de “catacumba de la modernidad”, como a Benjamin le gustaba describir los
pasajes de París: ruinas donde se dan cita elementos inesperados y sobre todo
incongruentes.
Lo incongruente ha sido descrito por Hal Foster como una de las estrategias maestras
del arte contemporáneo después del fin del arte. Lo incongruente entendido como el
encuentro en un mismo lugar de elementos que provienen de sitios diferentes. Y en
el caso de Genovés, lo incongruente se da cita con lo asíncrono. Espacios diferentes
y tiempos diferentes. Realidades, en todo caso, que colisionan y que provocan en el
espectador una sensación de inquietud. Una sensación derivada de la pregunta que
uno no cesa de hacerse ante esas imágenes. ¿Qué ha ocurrido? ¿Cómo dar sentido a
lo que hay frente a nuestros ojos? Sin duda, el sentido y el significado se nos escapan.
Nadie sabe el por qué de las imágenes, por lo que puede decirse que las obras ponen
en escena una lógica del enigma y el misterio.
En cierto modo, esa misma lógica del enigma y la consecuente sensación de inquietud
producida en la mente del espectador transita por la obra de Juan Asensio. Sus
superficies lisas y pulidas, pero siempre irregulares, rompen la gestalt de la figura. Por
mucho que uno que las quiera representar mentalmente, hay algo en la obra que
escapa a la imagen. Algo inimaginable, inconcebible. Uno sólo puede tener la experiencia
del tacto, del presente continuo de la percepción, pero nunca de la imagen mental
derivada de ella. Sería necesario tocarlas, abrazarlas, rodearlas para hacerse cargo de
su complejidad. El ojo es insuficiente. Se necesita aquí una experiencia táctil. Sin
embargo esta tactilidad también tiene algo de inquietante. Y es que, paradójicamente,
la obra tampoco se muestra del todo tocándola. En cierto modo, se podría decir que
también escapa al sentido de la proximidad. Hay algo en ella que se resiste a ser
revelado. La obra se presenta como un monolito distante y enigmático, casi como un
signo de interrogación. Un signo que devuelve la pregunta al espectador. Una presencia
que nos acecha, que no nos deja ver desde dónde nos mira. El enigma, de nuevo,
vuelve a estar presente. Un enigma que, a diferencia, del secreto, es siempre irresoluble.
Y es que, mientras que el secreto es conocido por alguien (en el fondo es una economía
del conocimiento), el enigma es el desconocimiento total y absoluto; nadie lo puede
llegar a conocer. Las obras de Juan Asensio ponen en juego esa idea de incognoscibilidad,
derivada, precisamente, de la imposibilidad de hacerse una imagen mental de sus
esculturas, que, como el mercurio, se escapan constantemente ante cualquier intento
de ser atrapadas y clasificadas.
El problema del escondite, el enigma y el secreto también se encuentra presente en
la obra de Gil Munuera. Tanto, que se puede decir que la ocultación es una de las
ideas rectoras de su pintura reciente. Una obra que parte de la descomposición pixelada
de la pintura como mecanismo para ocultar al espectador lo que hay para ver. En este
sentido, se puede afirmar que la obra de Munuera se articula en torno a la noción del
pliegue como dispositivo de resistencia. En lugar de ofrecerse a la mirada, las imágenes
se retranquean e intentan escapar de los ojos acusadores y penetradores del espectador.
Igual que se cierran al tacto las superficies de Asensio y al significado las composiciones
de Genovés, la pintura de Munuera se cierra a la mirada. Y esta cerrazón, esta clausura,
evidencia un momento de superación de la lógica de la cultura de masas, basada en
el ofrecimiento y la transparencia. La imagen de los medios se ofrece sin misterio
alguno, toda ahí presente, desnuda. Pero esa desnudez es engañosa, porque, bajo la
total disposición de la imagen, se oculta por completo su complejidad, su profundidad.
Se nos da tan sólo una imagen incorpórea, inmaterial, superficial, banal. Una imagen
transparente en la que todo puede ser mirado, pero en la que no hay nada para ver.
En cambio, estas imágenes cerradas, alejadas y ocultas que nos encontramos en las
se presentan como una complejidad. Son imágenes cargadas, plenas, opacas y cerradas.
Imágenes que no se dan del todo, o que no dan todo lo que tienen. Imágenes que
creen en la existencia de lugares ocultos e incomunicables.
Es en esa cerrazón de la transparencia, en esa apuesta por la opacidad, el retranqueo,
la oscuridad y el pliegue, donde hoy aún queda algo por decir. Quizá vaya siendo hora
de volver a decir a través de la sugerencia. Mostrar desde lo oculto; nunca más
evidenciar. Es el turno de un lenguaje cerrado, que precisamente en su cerrazón, en
su enigma, muestre que hay que cosas que no se pueden mostrar, cosas que no se
pueden saber, cosas que, frente a la dictadura de la sociedad de consumo, escapan
al registro de lo material.